JUAN, CABEZA DE ORO

Aquí estamos con otro cuento de TRAMPOSO! El origen de nuestro relato no es indígena. Tanto JUAN CATORCE como CABEZA DE ORO encuentran su origen en la tradición oral española.

Pero hay que darse que el cuento sufre cambios importantes al llegar al mundo indígena: el que tiene las lleves ahora es el Dueño de la Tierra.

Hay que saber que el Dueño de la Tierra en la cultura zinacanteca es un ladino que vive bajo la Tierra. Y es rico.

Como siempre el TRAMPOSO es un joven indígena con poderes especiales que le posibilitan vencer a las potestades que fuera ¡aun las del Dueño de la Tierra!

Fijemos que este cuento es un ejemplo tipo de la escritura que encontramos siempre en la tradición oral: la repetición de tres elementos, hay tres ahijados, hay tres cosas que tira para VENCER al Dueño.

Unos dicen que esa escritura ayuda al narrador para apoyar al relato.

 JUAN, CABEZA DE ORO

Había un hombre que se encontró con el Dueño de la Tierra, como decimos. Ese tenía tres hijos. Entonces:

–          Compadre. – dijo llegando el Dueño de la Tierra.

–          Compadre. – respondió el hombre.

–          ¿No me das uno de mis ahijados? Que vengan a verme a mi casa. – dijo.

–          Está bien compadre, como no.

 Al rato montó a caballo el muchachito, se fue, se lo llevó hasta la casa de su padrino, como decimos. ¡Pero era el Dueño de la Tierra, pues!

Bueno, llegó, le dio la llave, ¡siete llaves! A ese muchacho. Bueno, “no toques nada, quédate aquí para cuidar mis cosas”. – le dijo a su ahijado.

–          “Bueno, está bien. – dijo.

 Después abrió los cuartos. Caía y caía la plata. Y el metió sus dedos en ella. Pero ni siquiera pudo sacar la mano. Allí quedo, de una vez.

–          “¡Ah, ese ahijado!”

 En un momento fue muerto, allí pegadito.

Bueno, ese se acabó.

 Se fue a hablar otra vez a su compadre.

–          Compadre. – dijo llegando.

–          Compadre. – dijo.

–          Dame otro de mi ahijado, ya se acostumbró el primero, sería bueno que se puedan platicar. Caray, ¡el esta contentísimo ahora! – dijo.

 Pidió otro su ahijado también.

–          Bueno, ¡que se vaya!

 Se fue, así nomas, le dio su llave, siete llaves, también, así que le dio las suyas, ¡carajo! ¡Abrió otra vez, de un golpe, abrió los cuartos, también! ¡Pero allí miro el esqueleto de su hermano mayor!  Pero el metió su mano también, y tampoco salió. Allí nomas se encontró a su familia muerta, y él se acabo.

Bueno, se murió.

 Se fue a traer a otro, ya completo los tres, que había traído.

–          “Compa”. – le saludo.

–          “Compadre”. – le respondió.

–          “¡Puta! ¿no me das el otro mi ahijado?  ¡ya se hallaron bien! Que el vea, van a estar juntos los tres”. – dijo. “que vaya a cuidar mi casa”.

–          “¡Puta! Entonces que vaya”. – dijo.

–          “Los tres llegan” – dijo – “como padrino, entiendes, como compadre” – le dio las siete llaves, también.

 Fue abriendo, abriendo, y ese cuate, allí donde había oro en un montón, se agacho y se aliso el pelo con él.

 Pero allí quedo. Quedo el chiquito. “Abeja de oro le llamaron.

–          “¡Carajos!” ¿pero qué hago? – le vio, vio que había muerto su hermano mayor, allí estaban las calaveras, allí estaba la “varita de virtud” la que era del Dueño de la Tierra.

–          “Varita de virtud” – dijo, allí en el lugar que pertenecía al Dueño de la Tierra. La jalo, porque no estaba su padrino.

–          “Varita de virtud ¿va a venir todavía mi padrino?”

–          Ah, cerquita ya viene ¡vete yendo ahorita!

 Salió con esa varita de virtud, pues, ¡sí!

 Además había un caballo bien huesudo. Lo agarro, lo monto, pero el caballo reparaba mucho cuando caminaba.

 Bueno, ese se fue. Salió con ese diablito que ya hablaba, como decimos. Se fue con él, se fueeee, corriendo.

 Y primero, tiro su peine y su padrino no pudo ir más allá del peine. El solo vio un montón de espinas.

 Bueno, pronto lo alcanzo, porque había agarrado a ese que habla, que era la fuerza del Dueño de la Tierra.

 Tiro un espejo, también. Se convirtió en barranca y barranca. Y el padrino no pudo pasar, otra vez.

 Se fue y se fue, corriendo rápido tras él hasta que lo alcanzó.

 Bueno, y dejo tirado también listones (eso dicen, lo he leído). Y se convirtieron en pantanos. En ese se convirtieron. No pudo pasar tampoco.

 Allí dejo de seguirlo. Hasta que el muchacho salió hasta la casa, la superficie de la tierra.

–          “Bueno, varita de virtud” – dijo. Le pregunto si se había quedado su padrino o si seguía persiguiendo.

–          “Allá quedo” – respondió.

 Se quedo atrás.

 ¡Hijos! Se fue, llego a Zinacantàn, el Juan Cabeza de Oro, se llamaba, así he oído.

 Juan Cabeza de Oro, pero ¿su cabeza era de oro? La envolvió en su pañuelo ¡pero se vio que era de oro!

 Y ese, como ya tenía su pukuj, su diablo, lo llevo y no lo dejo, esa varita de virtud. Porque ya era su compañera ¿ves?

 Ella hablo con él.

Bueno, llego, parece, y presto une casa. Allí había una muchacha bonita que encontró.

–          ¡Carajo! No quieres que nos casemos? – le pregunto.

–          ¡Ah! No sé. – dijo.

–          Bueno pues, no tengo mujer, ¡pues casémonos!

 Ella hablo, fue la varita de virtud que engaño, esa, la empujo, como decimos.

–          “Caray, está bien, pues”.

 Quizás la dejo que se acompañaran a dormir, pero no se caso con ella tampoco.

Se fue a otro pueblo, después.

Doquiera caminaba, allí probaba las mujeres, como decimos.

Ora se fue, quien sabe dónde, a lo mejor desapareció así. Eso es lo que he oído.

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Lives in Mexico and works on migration and development, and works on image texts. Vive en México y trabaja en temas de la migración y desarrollo. Por aparte hace arte con imágenes y textos.
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